Pronto serán vacaciones de Pascua y me temo que volveré a pasarlas en soledad. Al menos una soledad constructiva. Porque si algo he aprendido del silencio y del estar solo es que da mucho tiempo para pensar… y también para hacer. Así dejo volar mi imaginación: me pongo a escribir, a pintar, a intentar componer canciones —aunque la mayoría terminen siendo tristes y melancólicas—.
Mi memoria falla cuando trato de recordar ciertas cosas del pasado. Algunas veces porque las he querido olvidar con tanta fuerza que desaparecen. Otras, porque siguen allí, presionando mi pecho, recordándome que no se van del todo.
Recuerdo, sin embargo, la última Pascua que pasamos juntos, cuando el grupo de jóvenes de la iglesia era todavía lo que era: un lugar para ser quien quisieras, sin miedo a burlas; un lugar para opinar, reír, jugar, compartir, incluso llorar.
Mis mejores días de vacaciones fueron a tu lado, riendo de las tonterías que hacíamos. “Si vamos a ser un par de locos, seamos unos locos juntos”, decíamos. Era genial. Tal vez debería dejar ir el pasado, y lo hago con cada carta que escribo. Cada página se desprende, se quema, y sin embargo hasta que no diga todo lo que tengo que decir seguirás en este libro, seguirás en estas memorias.
Mojarnos, llenarnos de harina, hacer dinámicas. Luego la pausa: un momento de reflexión, charlas espirituales, estar juntos, acurrucados uno al lado del otro. Era reconfortante. A veces uno no valora esas pequeñas cosas: cuando alguien te felicita, te hace un cumplido, te dice palabras de aliento, te da un abrazo, te regala un beso.
—Latidos de Medianoche
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