Las noches son largas y los días son cortos. A veces lo único que me sostenía, tras un día exhausto, era escucharte reír. Esa risa era mi refugio, mi manera de recargar energías; me devolvía el contacto humano, me hacía sentir vivo en medio de una muerte silenciosa.
Hoy, ya no recuerdo cómo sonaba. Ni siquiera en lo más mínimo. Me gustaría entrar en mi mente, excavar en mi subconsciente, abrir el baúl más profundo de mis recuerdos para encontrar uno en el que estuvieras riendo. Sé que no te gustaba mucho tu sonrisa; tal vez la escondías tras el cubrebocas. Pero cuando te dignabas a dejar ver tus relucientes perlas, era de lo más bello que podía existir.
Y no hablo de estética. No eran los dientes, ni su alineación, ni la forma de tu boca, ni el grosor de tus labios, ni el rojo de ellos. Era algo más: la pureza infantil que reflejaban, la sensación de libertad que me dabas, la luz que atravesaba mis grietas.
Cuando te escuchaba reír, podía cargar con todos tus defectos, aceptarlos y amarlos tal como eran. Pero ahora no sé qué te pasó. Te has ocultado en tu habitación. Cambiaste el mundo real por el virtual. No sé si tienes objetivos, si planeas estudiar, si sueñas todavía, o si guardas en silencio planes de los que no me he enterado.
La última vez que hablamos te propuse un café. Me diste la vuelta. Dijiste que lo pensarías… y lo has pensado demasiado. Al día siguiente hablamos por mensaje —esas conversaciones que tanto te gustaban, donde nadie podía mirar directo a las ventanas del alma—. Intenté recordar el dulce sonido de tu risa, esa melodía única entre melodías, pero tus palabras ya no eran las mismas. Habías cambiado, y no sé si para bien o para mal.
Así pasa. Las personas cambian con el tiempo. No las vemos por unos meses y ya se han cortado el pelo, se lo han pintado, se han puesto en forma, han mejorado su carácter, han logrado proyectos… o, por el contrario, han caído en hábitos autodestructivos, y uno se pregunta dónde quedó aquella alma joven, soñadora, dispuesta a conquistar el mundo.
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