Es curioso cómo la vida nos va revelando verdades que antes parecían ocultas. En mi carrera de psicología me he dado cuenta de tantas cosas que duelen, heridas silenciosas que uno carga sin saberlo. En mi infancia, en mis padres, rara vez vi muestras de cariño. Las caricias eran un lenguaje extraño, un idioma ajeno que nunca aprendí. No comprendía cómo había personas capaces de mostrar afecto a través de un abrazo, de un roce de manos. Para mí, amar era otra cosa: largas charlas, conversaciones profundas sobre sentimientos, apoyarnos cuando el suelo parecía tragarnos, disfrutar del otro desde la complicidad de la palabra.
Sin embargo, contigo fue distinto. Tus abrazos tenían un peso sagrado, me llenaban de algo que no supe nombrar. Recuerdo cómo después de salir del grupo de jóvenes caminábamos entre bromas y confidencias, como si el mundo se hiciera más ligero en cada paso compartido.
Pero poco a poco tu luz se fue apagando. Tus problemas comenzaron a consumir tu ser, y yo ya no podía hacer mucho por ti. A veces me pregunto si hubiese cambiado algo quedándome un poco más, pero también sé que no quiero cargar con esa culpa. Quizá fue lo mejor para ambos.
Yo crecí. Yo maduré. Si me hubiera quedado contigo, tal vez me habría quedado atrapado en tu adolescencia, sin poder vivir mi propia juventud: esa que ahora se abre frente a mí llena de aprendizajes, proyectos y caminos aún sin recorrer.
Hoy miro atrás y descubro que cuando se pierde, también se gana. Te perdí a ti, pero me encontré a mí mismo. Y en este hallazgo nacen mis sueños: ser escritor, un buen escritor. Ser psicólogo, un psicólogo que ayude de verdad. Pintar, componer, crear, y al mismo tiempo caminar con la sencillez de cualquier ser humano.
Perderte fue doloroso, pero ganarme ha sido mi mayor victoria.
0 Comentarios