Hay días en los que camino por la calle imaginando que te encontraré a la vuelta de la esquina.
Días en los que paso por los lugares donde nos amamos, y pienso que quizás ahora estés ahí… con alguien más.
Y entonces espero.
Espero recibir la bala.
Solo deseo que, cuando entre en mi cuerpo, no duela tanto.
Cada semana voy a la papelería.
Sí, esa que queda cerca de tu casa.
Esa en la que alguna vez trabajaste.
Esa donde compraste aquellos corazones de papel que me regalaste uno por uno… hasta que ya no te quedó ninguno.
Y sabes, miro hacia tu casa esperando a alguien, esperando algo.
Pero solo hay vacío.
Estoy cansado de vivir con esa sensación de que podría encontrarte en cualquier momento… y no saber qué hacer.
Estoy harto de pensar que ya no valgo nada para ti.
Si hice algo que te lastimó, si provoqué dolor, no significa que fuiste la única que lo pasó mal.
Después de tu partida, las calles por donde caminábamos se han vuelto grises.
Sin color.
Sin alma.
Vivo mi vida con miedo a toparme contigo.
A que me veas ahora, convertido en un escritor frustrado por el amor que fue.
Me dicen: “deja ir el pasado, vive el presente, planea el futuro”.
Y sabes… eso hago.
Sigo escribiendo.
Sigo haciendo lo que amo.
Pero me hubiese encantado que me acompañaras.
Me hubiese gustado que fueras la primera persona en leerme.
Me hubiese gustado decirte tantas cosas.
Hacer tantas cosas contigo… ahora que por fin parece que estoy bien.
No creo ser el único que siente esto.
Supongo que es parte del duelo.
Pero, maldición… mi duelo ya ha durado demasiado.
Y no, no me siento triste.
Ni infeliz.
Ni con ganas de morir.
De hecho, nunca me he sentido tan pleno, tan claro, tan vivo.
Y eso… eso es lo que más duele.
Saber que uno tiene tanto que dar,
y no tener a nadie con quien compartirlo.
0 Comentarios