La Soledad: La Compañera Que Nos Forma

Hoy quiero hablarte de ella.

De esa presencia silenciosa que nos acompaña desde el primer aliento hasta el último suspiro.

La soledad.

La fiel compañera.


Venimos a este mundo solos. Y nos vamos de él en la misma condición. Pero entre ambos extremos, aprendemos a convivir con su sombra, con su voz callada, con su abrazo frío que, si se le permite, puede volverse cálido.

Durante años luché contra ella. Creí que vencerla era sinónimo de éxito emocional. Pero entendí que el verdadero triunfo no está en huirle, sino en invitarla a pasar. A sentarse conmigo. A hablarme en silencio.

La soledad no es enemiga. Se vuelve cruel solo cuando la enfrentamos con violencia. Es como una rosa con espinas: si la tomas por la fuerza, sangras. Pero si la contemplas, si la acaricias con respeto, te muestra su belleza.

He sentido esa infinita sensación de abandono. Esa tristeza que se filtra por las ventanas del alma. He vivido el dolor placentero de estar solo, la contradicción de sudar frío en invierno, la paradoja de buscar amor afuera cuando siempre estuvo dentro.

Sé lo que es no besar unos labios. Sé lo que es no tener calor humano. Pero también sé lo que es crecer en ese vacío. Lo que es forjar carácter en medio del silencio. Lo que es encontrar luz en la oscuridad.

La soledad me ha elevado a lugares que jamás imaginé. Me ha mostrado que el amor propio no es un cliché, sino una necesidad. Me ha enseñado que hay quienes están más solos acompañados, y que hay huérfanos de afecto que son gigantes de resiliencia.

He querido romper mi pacto con ella. He querido probar el agua dulce del amor compartido. Pero a veces, en mi torpeza, bebo más agua de mar. Y me quedo sediento. Y me quedo solo. Pero feliz. Satisfecho. Orgulloso de estar haciendo lo correcto.

Porque la luz en mi interior jamás me abandona. Porque el lecho de mi fuerza no permite que esta sensación muera. Porque ser más de lo que uno es, es afrontar la vida, luchar por lo que se quiere, arriesgarlo todo.

Hoy puedo decir que la soledad y el tiempo se han vuelto mis amigas. Me susurran verdades al oído. Me enseñan a escuchar con los ojos, a ver con los oídos, a sentir con el alma.

Y aunque el tiempo me golpee, aunque la soledad me duela, sé que ambas me guían. Sé que ambas me forman. Sé que ambas me acompañan.

Porque al final, no se trata de estar solo.

Se trata de aprender a estar con uno mismo.

Y en ese encuentro…

la vida comienza.

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