— Albert Ellis
Vaya, las emociones son toda una marea. Son como una montaña rusa que nos puede llevar por los caminos más insospechados de nuestras vidas, llevándonos a tomar decisiones que podrían perjudicarnos. Por ejemplo, cuando uno se encuentra enojado, es fácil desquitarse con otras personas o tomar decisiones impulsivas, arrastrados por la cólera del momento y la situación.
Otro ejemplo, un poco más perturbador, es la emoción de la tristeza. Una tristeza profunda y arraigada en nuestro ser puede llevarnos a hacer cosas de las que podríamos arrepentirnos el resto de nuestras vidas, como cometer suicidio. Sé que este es un caso extremo, pero a veces la realidad supera a la ficción, especialmente cuando sentimos que no tenemos control sobre lo que sucede en nuestras vidas.
A continuación, hablaré más a profundidad sobre cómo estas emociones influyen en nuestra vida, cómo identificarlas y cómo evitar que se apoderen de nuestra esencia. Toda la información que expongo a continuación la he obtenido de mis clases de psicología y de los cursos de Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) que he estado tomando.
Sujeto y su contexto ¿Qué determina nuestro estado emocional ?
Para comenzar, me gustaría hablar sobre la relación entre el sujeto y el contexto, y cómo estos factores nos moldean para ser quienes somos. El sujeto, individuo o persona —como tú o como yo— está influido profundamente por lo que ocurre en su exterior. Si mañana te sucediera un acontecimiento, ya sea favorable o desagradable, te aseguro que tu manera de sentir estará inclinada por la naturaleza de dicho evento.
Por lo tanto, existen cuatro vertientes que debemos considerar para analizar el contexto junto con la emoción. A continuación, las explicaré brevemente:
1. Fisiológica
El aspecto fisiológico es crucial. Si nos encontramos mal físicamente, es muy probable que no tengamos la claridad suficiente para responder ante las situaciones de la vida. Por ejemplo, un dolor de cabeza, un malestar estomacal o incluso el hambre afectan profundamente nuestro bienestar general. Estas condiciones están intrínsecamente conectadas con nuestra capacidad para tomar decisiones. Si tienes hambre o te sientes físicamente agotado, será difícil concentrarte en tus actividades, y es probable que no tomes las mejores decisiones.
2. Cognitiva
Las emociones también repercuten en nuestro estado cognitivo. La forma en que pensamos sobre una situación está profundamente arraigada en cómo actuamos. Por ejemplo, si crees que eres incompetente, ese pensamiento —aunque automático y basado en una creencia central que exploraremos en otra ocasión— puede influir en tus emociones y decisiones. En el ámbito cognitivo, las emociones están relacionadas con los pensamientos a los que prestamos atención y cómo estos nos hacen sentir respecto a nosotros mismos y al entorno.
3. Afectiva
Las emociones funcionan como herramientas para relacionarnos en un entorno social. Nos permiten expresar nuestras necesidades y sentimientos a los demás, y viceversa. Por ejemplo, si lloras en un entorno seguro, rodeado de personas que te quieren, estas interpretarán que algo te ocurre basándose en tu reacción fisiológica. Esto no solo aplica a emociones negativas o desagradables. Desde mi punto de vista, no hay emociones buenas o malas: son simplemente emociones. Usando una metáfora, las emociones son como espejos que nos ayudan a conectar con los demás, reflejando quiénes somos y permitiendo que otros nos comprendan.
4. Socio-Cultural
Por último, las emociones también están influenciadas por nuestra cultura y sociedad. Hoy en día, vivimos en un entorno donde expresar nuestras emociones no siempre está bien visto. En una sociedad que prioriza la productividad y la eficiencia, muchas veces nos vemos obligados a suprimir nuestras emociones para encajar. Esto puede generar tensiones internas, ya que la sociedad tiende a criticar y juzgar a quienes muestran vulnerabilidad. Sin embargo, esta supresión tiene consecuencias, ya que nuestras emociones son esenciales para el aprendizaje, el afrontamiento y la resiliencia.
Conclusión
En resumen, el aprendizaje y su correlación con las emociones están intrínsecamente relacionados con los cuatro aspectos que mencionamos anteriormente: el fisiológico, el cognitivo, el afectivo y el socio-cultural. Comprender estos factores nos permite identificar mejor nuestras emociones y su impacto en nuestra vida diaria, ayudándonos a gestionarlas de manera más consciente y efectiva.
Mi yo real y mi yo ideal (Autoestima)
Quiero hablarles sobre algo realmente interesante. Para entender la autoestima, muchas veces se nos vende la idea de que tener una alta autoestima es una señal de éxito. Y, si bien esto tiene algo de cierto, en realidad el éxito dependerá de cómo cada persona perciba sus logros alcanzados y sus fracasos cometidos.
La distancia que existe entre tu yo real y tu yo ideal es, en pocas palabras, lo que llamaría el camino hacia la autorrealización y un mayor bienestar. Para explicarlo mejor: el yo real es la persona que soy en este momento, con mis virtudes y defectos, mientras que el yo ideal es la persona que quiero llegar a ser. Cuanto más cerca esté mi yo real de mi yo ideal, más saludable será mi autoestima. En consecuencia, me sentiré mejor conmigo mismo y experimentaré un mayor bienestar individual.
La Autovalía y su Relación con la Autoestima
Otro aspecto clave a mencionar es el de la autovalía, que está intrínsecamente relacionado con nuestros pensamientos y valores. Es un concepto que se asemeja en cierta medida al enfoque de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), pero que también se aborda en el modelo de la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Nuestros pensamientos están correlacionados con la manera en que percibimos nuestros valores como personas.
Por ejemplo, si valoras la honestidad, pero un pensamiento como “si me robo esto, nadie se dará cuenta” cruza tu mente, podrías enfrentar una confrontación interna entre tus valores y tus pensamientos. Si tienes una identidad bien definida, probablemente no permitirás que este tipo de situaciones te hagan actuar en contra de tus principios. En este caso, tu sistema de valores se reforzará y servirá como un pilar para nutrir tu autoestima y tu autovalía.
Es decir: hago lo correcto, me siento bien, y al sentirme bien, continúo haciendo lo correcto. Por el contrario, si actúas en contra de tus valores, esto podría hacerte sentir mal y reforzar un ciclo de autocrítica que afecta tu autoestima.
El Triángulo de Pensamiento, Emoción y Acción
Para finalizar, hablemos del triángulo de pensamiento, emoción y acción. En mis clases y cursos, lo entendí como un sistema en el que todo está conectado. Cada extremo del triángulo influye en los otros dos.
Por ejemplo, imagina que tienes un pensamiento negativo respecto a una situación específica: enviaste un mensaje de texto a tu pareja y, después de un rato, aún no responde. Puedes pensar algo como: “seguro no me quiere lo suficiente para tomarse la molestia de contestar”, o algo más drástico como: “seguro está con alguien más”. Estos pensamientos negativos impactan directamente en tus emociones, generando tristeza, enojo o frustración.
Las emociones, a su vez, te llevan a actuar de una forma que no hubieras elegido si hubieras procesado la situación de manera más racional. Por ejemplo, cuando tu pareja llega a casa, podrías reaccionar gritando y exigiendo explicaciones como: “¿Por qué no me contestaste? ¿Dónde has estado?”. O bien, si la emoción predominante es tristeza, podrías aislarte y no comunicar lo que sientes, agravando la desconexión.
La autoestima, la autovalía y la forma en que procesamos nuestras emociones y pensamientos están profundamente interconectadas. Entender cómo funciona este triángulo de pensamiento, emoción y acción puede ayudarnos a gestionar nuestras reacciones y a construir un bienestar emocional más sólido y duradero.
Emoción primaria y emoción secundaria.
Antes de comenzar a hablar sobre las emociones primarias y secundarias, es importante abordar el concepto de evaluación primaria y evaluación secundaria. La primera está relacionada con el sentir, mientras que la segunda se asocia con el hacer.
Evaluación Primaria
La evaluación primaria se refiere a cómo reaccionamos inicialmente ante un estímulo, y puede dividirse en tres categorías principales:
Indiferente:
No provoca ningún efecto en la persona ni genera una reacción emocional significativa.Positiva:
Genera un cambio favorable en el individuo, provocando emociones agradables o bienestar.Estresante:
Está asociada a la pérdida, el daño o el desafío, desestabilizando al individuo y afectando su estado de ánimo.
Ejemplo de Evaluación Primaria
Para ilustrar estos conceptos:
- Indiferente: Vas caminando por la calle y cae una hoja de un árbol. No te afecta en absoluto; no genera ninguna emoción en ti.
- Positiva: Un padre llega a casa y ve a su hijo pequeño después de un largo día. Esto le provoca alegría y bienestar.
- Estresante: Imagina que estás caminando y ves a un perro pequeño. Probablemente no te afecte emocionalmente. Sin embargo, si el perro es grande, tiene rabia y está cerca de ti, evaluarás la situación como peligrosa y experimentarás estrés o miedo.
Evaluación Secundaria
La evaluación secundaria implica la interpretación y respuesta ante lo que sentimos. Por ejemplo, si la situación con el perro rabioso ocurre, decidirás si debes huir, buscar ayuda o enfrentarlo. Estas decisiones están basadas en tu percepción de las herramientas o recursos que tienes disponibles en ese momento.
Las Emociones de Ira y Miedo
Ahora bien, me gustaría profundizar en dos emociones muy relevantes: la ira y el miedo, ya que ambas nos proporcionan información valiosa sobre nosotros mismos y nuestro entorno.
Ira
A menudo, creemos que alguien está enojado simplemente porque ha tenido un mal día, está de mal humor o porque "así es su carácter". Sin embargo, la ira suele estar relacionada con nuestras expectativas. Cuando esperamos que algo suceda de cierta manera y no ocurre como esperábamos, nos frustramos, nos enojamos o incluso nos decepcionamos.
Por ejemplo, si tenías planeado un evento especial y este se cancela a último momento, es probable que experimentes ira porque tus expectativas no se cumplieron. Entender esto nos permite reflexionar sobre el origen de nuestro enojo y cómo manejarlo.
Miedo
El miedo, por otro lado, es una emoción que muchas veces se malinterpreta. En el contexto del coaching o la autoayuda, se promueven mensajes como: “No tengas miedo”, “El miedo es solo mental”, o incluso “Si tienes miedo, eres débil”. Pero, ¿es sano pensar así?
La respuesta es: no. Este tipo de mensajes suelen tener dos efectos:
- Empoderan momentáneamente, pero la persona puede chocar con la realidad y sentirse frustrada.
- Generan presión social, lo que puede llevar a la inhibición y a no actuar por temor al fracaso.
¿Para qué sirve el miedo?
El miedo es, en esencia, una alarma natural. Nos advierte de posibles amenazas y nos prepara para tomar una decisión: luchar o huir. Dependiendo de la situación, una u otra será la respuesta más adecuada. Por lo tanto, no está mal sentir miedo; al contrario, es una herramienta útil que nos permite ser más objetivos respecto a lo que sentimos y cómo podemos actuar frente a ello.
Conclusión
La evaluación primaria y secundaria nos ayudan a entender cómo percibimos y reaccionamos ante nuestras emociones. Además, emociones como la ira y el miedo nos ofrecen información clave para nuestra supervivencia y bienestar. Reconocerlas y comprender su origen no solo mejora nuestra capacidad de manejarlas, sino que también nos permite tomar decisiones más conscientes y alineadas con nuestras necesidades y valores.
0 Comentarios